Hay momentos de la vida en que uno siente que ha tocado el cielo con las manos: el primer beso, por más torpe que sea; el primer poema escrito, por más cursi y rebuscado que sea; y también, el primer gol dedicado por uno de tus alumnitos, aunque lo haya anotado en un recreo y con una pelota de plástico (los cuales, a decir verdad, suelen ser los mejores goles de la historia).

El mío llegó un viernes a mediados de diciembre, durante el último día de clases de mi semestre debut como profesor de fútbol infantil, gracias a la potentísima volea a quemarropa de Luis Gael (4º. B), un espigado, noble, habilidoso e incansable delantero que, desde nuestro primer encuentro y sin proponérselo, me adoptó como aprendiz de lo que es el verdadero amor por este precioso jueguito.

Para contextualizar un poco, debo contar que, clase sí y clase también, durante las pausas asignadas para bajarnos el cubreboca y tomar un poco de aire o agua, según sea el caso, Luis Gael aprovecha la letalidad de su delgadísima diestra para regalarse un gol en la portería más cercana. Lo más emotivo e importante de ello es que no lo hace con un simple pase a la red, un punterazo cualquiera o un remate fortuito, sino que, en cada oportunidad, con un repertorio que va in crescendo, eleva la dificultad de la conquista: de media vuelta tras un botepronto cada vez mejor medido; un «taquito» a segundo poste, tras una carrera en diagonal dentro del área; una media tijera o chilena (apoyado desde el césped, por supuesto) o un cabezazo picado a segundo poste.

Con mis chaparros en nuestro lugar favorito.

Dicho abanico de definiciones, imagino, se debe a la cantidad de partidos que Luis juega a la semana, pues, según me ha contado, no son menos de seis días los que entrena en una escuela de fútbol cercana a su casa. La media de gol (datos ofrecidos de viva voz por el killer rubiecito del que les hablo) asciende a 3 o 4 por juego. Pero sin lugar a dudas, estoy seguro que el mejor de ellos, o al menos uno de los que integra el top 5 de su salvaje estadística de los últimos meses, sucedió aquel viernes antes de Navidad, y en mi honor.

El partido, conformado por dos equipos de tres jugadores cada uno, observado a la distancia, parecía no jugarse absolutamente nada. Sin embargo, con la mirada clavada desde lejos, Luis Gael parecía advertirme lo contrario: con la paciencia del que sabe que está a punto de cambiar el curso de las cosas —porque uno sabe cuando está a punto de lograr lo que momentos antes nos parecía imposible; aunque finja que no, uno realmente lo sabe—,aguardó por el momento, su momento. A juicio de otros, falló un par de remates previos y un pase en diagonal, pero yo sé muy bien que no. Lo que hizo, astuto y escurridizo como siempre, fue despistar al enemigo haciéndole creer que estaba nervioso, que la mirada del tipo al que segundos antes le había lanzado una advertencia a los cuatro vientos, el mismo que lo observaba a detalle desde la mesita de la cafetería, lo había inquietado, le había puesto algo de presión en los hombros; pero todos sabemos perfectamente que la presión es para otros, no para los valientes como él. Sin afán de exagerar, de no ser por el de Diego a los ingleses, lo que siguió a continuación tendría que ser causa de premio Puskas y Salón de la Fama, por lo menos.

Me compadezco de aquellos que no tuvieron la oportunidad de presenciar aquella disputa en el patio de la escuela, en ese momento cuando el tiempo se detuvo y yo sentí que lo había logrado todo; ese precioso momento en el que aquella melenita empapada en sudor, tras un «pique en corto» lleno de explosividad, dijo lo que cualquiera de nosotros, los profesores de fútbol, no sabíamos que soñábamos con escuchar algún día, hasta que lo escuchamos:

—¡Mire, profe, le dedico el gol!

Texto escrito el 20 de diciembre de 2021

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