Con alegría, miedo y, sobre todo, una ilusión enorme, desde el pasado mes de agosto acepté convertirme en profesor de fútbol infantil.

Si debo mencionar los motivos que me hicieron dar el «sí» a semejante propuesta, la lista incluiría, claro, mi precariedad económica, la cual derivó de mi desilusión por los medios de comunicación; en específico, por el periodismo deportivo (lo que eso signifique), pues mi última experiencia laboral, a la cual hice bien en renunciar meses antes, salvo uno que otro recuerdo, me resulta poco entrañable.

Otra razón determinante fue la figura del argentino Marcelo Bielsa —el mejor director técnico de fútbol de todos, por siempre. Mentiría descaradamente si negara que, no en pocas ocasiones, me imaginé siendo el «Loco», dirigiendo, guiando, sirviendo a un grupo de personas a través de mi (nuestro) deporte favorito. Una fantasía que creció, sobre todo, después de haber leído La vida por el fútbol. Marcelo Bielsa, el último romántico (2012), del periodista Román Iucht; un libro que, con el paso de las páginas, transformaba salvajemente mi concepción del fútbol. Cuando comencé a escribir esta serie de textos (no sé de qué otra manera llamarlos, la verdad), me refugié nuevamente en él y redescubrí el hermoso prólogo de Eduardo Sacheri, uno de mis escritores favoritos, donde me encontré, nuevamente, con esta maravillosa frase:

«Bielsa tiene razón porque dice lo que piensa y hace lo que dice. Y esa coherencia (en mi pueblo también la llamamos honradez) lo hace digno. Digno de ganar y de perder. Pero siempre digno de jugar».

Marcelo Bielsa saluda a un pequeño aficionado del Athletic de Bilbao. (Foto: Internet)

Sobra decir que, para muchos, Bielsa representa lo opuesto a lo que debe aspirar un técnico de élite: ganarlo todo, (incluso, ganar como sea, pero ganar); paradójicamente, es precisamente por eso, por distanciarse lo más posible de tan nocivo discurso que envuelve al fútbol profesional de hoy, pero que lo acerca más que a todos al fútbol de verdad —el de los niños—, que siento una admiración absoluta por él.

A lo largo de este recorrido mental sobre los motivos que me llevaron a aceptar esta aventura, también debo mencionar que, alrededor de cinco o seis años atrás, tuve mi primera experiencia en este mundo de la docencia balompédica, cuando Alfredo me invitó a suplirlo como entrenador de porteros en la escuela de un exfutbolista profesional; sin embargo, a pesar de regalarme algunos capítulos bonitos y ofrecerme los primeros roces con este precioso universo, el viaje fue demasiado breve. Aunque en ese entonces mi objetivo estaba totalmente enfocado en el periodismo deportivo (sic), la espina se quedó muy clavada.

Tiempo después, a finales de 2017, me tocó convivir un poco más de cerca con el fútbol formativo desde las entrañas de un club profesional, cuando tuve la bendición de trabajar en el Club Puebla, el equipo de mi vida.

Finales de 2017. Sueño cumplido. Aquí, en la banca del primer equipo. (Foto: Paulina Grajeda)

Aunque mis labores estaban vinculadas estrictamente al área digital, y mayormente con el primer equipo, en cuanto vi la oportunidad de hacerme un hueco «cubriendo» a la categoría Sub20, no dudé en hacerme de ella. Fue en ese entonces, durante los entrenamientos y aquellos partidos en una cancha vecina al Estadio Cuauhtémoc, o a lo largo de aquellos viajes a Pachuca y Guadalajara (sobre todo este último, correspondiente a la ida de cuartos de final del Apertura 2017, ante Chivas), a través de las pláticas durante el desayuno con el propio Profe. Sigifredo Mercado —entonces técnico de aquel equipo, quien se encargó de hacerme sentir como uno más de su grupo, a pesar de apenas y saber mi nombre—; las bromas bobas y risas de aquellos chicos; el silencio en el autobús camino al partido; el ambiente dentro del vestidor minutos antes de salir a la cancha y tras conseguir un buen resultado; por eso y muchas cosas más, que la chispita volvió a encenderse.

16 de enero de 2018. Conferencia de Enrique Meza, entonces mandamás de mi Franja. Aquella noche vencimos a Cruz Azul en su casa (1-3), en partido de Copa MX. (Foto: Crédito a quien corresponda)

Sin embargo, por encima de lo antes mencionado, la semilla de toda esta bella locura se sembró a mediados de los noventa, cuando no rebasaba los diez años de edad y, además de la escuela, el SuperNintendo (SNES) o los Súper Campeones, la rutina de mi vida consistía en observar minuciosamente a mi padre —en cualquier lugar medianamente retirado de los mirones, ya fuera el asiento trasero del coche, el baño del colegio o el árbol más alejado de la cancha en turno—, durante cinco o seis días a la semana, intercambiar el aburrido traje de oficinista por el de entrenador: el calzado deportivo que parecía recién salido de la caja, tras ser limpiado a mansalva durante la noche anterior; las calcetas en dos o tres dobleces por encima del tobillo; un pants pulcrísimo acompañado de una gorra del mismo tono; todo aquello acompañado por el silbato rodeando el cuello –siempre en alto— de la chamarra y su inseparable tabla de madera en mano para, después, a lo largo de dos o tres horas, en una liturgia a la que dedicó casi treinta años de su vida, entregarse de manera enfermiza a un ejército de escuincles disfrazados de futbolistas.

8 de abril de 2017. Con «el Pep», mi padre, en el estadio Akron, casa de sus Chivas Rayadas del Guadalajara, que le dieron la vuelta a mi Franja en la última jugada del partido (3-2).

«Escribo porque me gustaba imaginar que el libro que papá tenía entre sus manos era mío. Escribo también del modo en que habría sido preso si mi padre hubiera sido funcionario de prisiones», dice el español Juan José Millás en Mi verdadera historia.

Sin la fatalista perspectiva freudiana, al final de todo, la historia es la de siempre: infancia es destino.

13 de octubre de 2021: mi primera clase en mi lugar feliz. (Foto: Don Cabitos)

Texto escrito en noviembre de 2021.

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